Notas que no volveran
Frente a un piano abandonado en una habitación de sombras.
Las teclas saben de silencios que nadie escucha, de notas que esperan dedos que quizás nunca lleguen y las hagan sonar.
Y de pronto, una brisa que entra en la habitación, roza la madera rota, se mete entre las rendijas y recorre las cuerdas haciendo sonar un susurro que despierta del letargo.
Me siento en aquel taburete polvoriento, acaricio sutilmente las teclas que hacen sonar esas notas dormidas, melodías que el propio silencio se hizo dueño de ellas, ahora se escapan como suspiros que nacen de lo que nunca podrá volver.
Mis dedos acarician su alma, despacio,
como un delicado arpegio que intenta calmar la tormenta de sus propios silencios, pero cada nota que toco me recuerda lo imposible.
Mis manos juegan sobre cada pieza que la forman, como si ambos estuviéramos unidos por un hilo invisible, ligados desde tiempos remotos en un amor eterno y efímero a la vez.
Es saber que cada tecla que pulso me susurra y me duele. Cada nota que dejo en el aire se convierte en lágrimas
que recorren las mejillas de los recuerdos que ya no volverán.
Es brisa y tormenta, soplo que me toca y se va, cada acorde vuela y se aleja,
yo sigo siendo el pianista, entregando mi cuerpo y mi alma a un piano que nunca será mío, esperando un instante imposible donde tal vez nuestras almas puedan tocarse y nunca separarse.
Toco cada vez más rápido, mis dedos se mueven solos, como si fuesemos uno, una velocidad vertiginosa la misma con que la vida pasa, acelerando y dejando atrás cada instante que jamás podremos retener, quizás solo en nuestros recuerdos.
Y al final, mis dedos caen, cansados,
las notas se disuelven en el silencio,
y me quedo solo, con el eco de lo que amé convertido en ausencia, un piano callado frente a mí, y yo roto, sintiendo que el amor más profundo se ha ido con el último suspiro de sus cuerdas.
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