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El refugio que aún respira en el recuerdo

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Hay despedidas que no llegan como un trueno, sino como la nieve: en silencio, posándose poco a poco sobre todo lo que uno ama hasta cubrirlo de un blanco imposible de ignorar. Así se han ido ellos... no con estruendo, sino con esa quietud que deja al mundo descompasado, como una canción que de pronto olvida su propia melodía. Trece inviernos caminaron a mi lado. Y en ese tiempo, que ahora parece un suspiro y una eternidad a la vez, aprendieron el lenguaje secreto del alma. Porque ellos sabían, sabían cuándo el día pesaba más de lo debido. Sabían cuándo el silencio en mi pecho no era descanso, sino herida. Y entonces, sin pedir permiso, subían al hombro como si fuese la rama más segura del mundo, o se acurrucaban en mi regazo como quien encuentra su hogar definitivo. No hacían ruido, pero decían tanto con una mirada... Hay gestos que no pertenecen a este tiempo, que nacen de un lugar más antiguo que la memoria, como una melodía que existe antes de que nadie la nombre. El calor de su...

Notas que no volveran

Puede que solo escriba para pensar que esta vida es como la melodía de un piano,  una sucesión de notas que a veces suenan claras y brillantes, otras veces se pierden en el silencio, pero que siempre llevan consigo la magia de lo que sentimos,  y que aunque algunas manos nunca lleguen a tocarlas,  su eco queda en nosotros, recordándonos que estuvimos vivos, que sentimos, que amamos, y que cada acorde, incluso roto,  vale la pena ser escuchado. Aquellas personas que me leéis, espero que os guste. Frente a un piano abandonado en una habitación de sombras. Las teclas saben de silencios que nadie escucha, de notas que esperan dedos que quizás nunca lleguen y las hagan sonar. Y de pronto, una brisa que entra en la habitación, roza la madera rota, se mete entre las rendijas y recorre las cuerdas haciendo sonar un susurro que despierta del letargo. Me siento en aquel taburete polvoriento, acaricio sutilmente las teclas que hacen sonar esas notas dormidas, melodías que el...

El Susurro de Dos Inmortales

En aquel estupor, el mar se quebraba una y otra vez contra la orilla, como si su pecho de agua ya no pudiera contener tanta soledad. Cada ola era un sollozo, un puñado de espuma lanzado al cielo con la súplica de quien no sabe vivir sin el otro. El cielo lo miraba desde su altura velada, tan cansada de llorar que sus nubes parecían heridas abiertas. A veces, descendía un poco más, con la esperanza ingenua de tocar la frente salada de su amado. Pero antes de alcanzarlo, se detenía. Siempre había un filo invisible que los separaba, una barrera que nadie comprendía, como si el destino se complaciera en su desgracia. El viento, testigo eterno de esa tragedia, recogía el eco de su amor imposible y lo llevaba de un extremo a otro, para que la tierra entera supiera que el cielo y el mar se amaban con un fervor que ninguna aurora podría calmar. Y sin embargo, por más que el viento gritara su historia, nadie podía ayudarles. Nadie podía ofrecerles un instante de paz. Parecían condenados a encon...