El Susurro de Dos Inmortales
En aquel estupor, el mar se quebraba una y otra vez contra la orilla, como si su pecho de agua ya no pudiera contener tanta soledad. Cada ola era un sollozo, un puñado de espuma lanzado al cielo con la súplica de quien no sabe vivir sin el otro.

El cielo lo miraba desde su altura velada, tan cansada de llorar que sus nubes parecían heridas abiertas. A veces, descendía un poco más, con la esperanza ingenua de tocar la frente salada de su amado. Pero antes de alcanzarlo, se detenía. Siempre había un filo invisible que los separaba, una barrera que nadie comprendía, como si el destino se complaciera en su desgracia.
El viento, testigo eterno de esa tragedia, recogía el eco de su amor imposible y lo llevaba de un extremo a otro, para que la tierra entera supiera que el cielo y el mar se amaban con un fervor que ninguna aurora podría calmar. Y sin embargo, por más que el viento gritara su historia, nadie podía ayudarles. Nadie podía ofrecerles un instante de paz.
Parecían condenados a encontrarse sólo en el límite del horizonte, donde la luz se marchita y todo parece un espejismo. Allí, por un momento, sus cuerpos casi se rozaban, casi podían sentir el alivio de un abrazo. Pero la noche llegaba, y el cielo debía retirarse a su altura, dejando al mar con su pecho vacío.
Y así pasaban los días, como litros de lágrimas que nunca terminaba de derramarse. El mar insistía en alzarse una y otra vez, no sé rendía a veces con fuerza otras flaqueaba agotado, en un gesto tan lleno de amor que dolía contemplarlo. El cielo respondía con lluvias que eran besos que no podían posarse en la piel que añoraba.
Y entre ellos, el viento lloraba también. Lloraba porque entendía la tragedia de dos almas creadas para amarse, pero maldecidas a no poder tocarse nunca. Porque en su pasión estaba la más hermosa de las crueldades: saber que eran el uno para el otro, pero que ninguna eternidad les concedería el milagro de fundirse.
Era un amor tan vasto que nadie podía medirlo, tan antiguo que nadie recordaba su origen, tan triste que hasta las piedras guardaban silencio para no herirlos más.
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