El Susurro de Dos Inmortales
En aquel estupor, el mar se quebraba una y otra vez contra la orilla, como si su pecho de agua ya no pudiera contener tanta soledad. Cada ola era un sollozo, un puñado de espuma lanzado al cielo con la súplica de quien no sabe vivir sin el otro. El cielo lo miraba desde su altura velada, tan cansada de llorar que sus nubes parecían heridas abiertas. A veces, descendía un poco más, con la esperanza ingenua de tocar la frente salada de su amado. Pero antes de alcanzarlo, se detenía. Siempre había un filo invisible que los separaba, una barrera que nadie comprendía, como si el destino se complaciera en su desgracia. El viento, testigo eterno de esa tragedia, recogía el eco de su amor imposible y lo llevaba de un extremo a otro, para que la tierra entera supiera que el cielo y el mar se amaban con un fervor que ninguna aurora podría calmar. Y sin embargo, por más que el viento gritara su historia, nadie podía ayudarles. Nadie podía ofrecerles un instante de paz. Parecían condenados a encon...